Y aquí estoy, nuevamente, otra noche. Me siento agotado, de verdad que no quería venir; en fin, tenía que acompañar a Christián, no lo iba a dejar sólo, si ni conoce la ciudad, menos ésta discoteque. El punto no es ése, la verdad. Lo que quiero decir, es que me siento pésimo. Debo haber dormido unas ocho horas en los últimos tres días, aparte de que anduve trabajando (obviamente, en una pega que no me gustaba). Si, mi vida es esforzada (introduzca tono de sufrimiento aquí).
Me mantengo sentado sobre esta silla vieja, el escenario es el "Zoom-11", una discoteque del ambiente juvenil. Nada fuera de lo común, no les voy a mentir diciéndoles que el carrete estaba totalmente excepcional, con putas bailando sobre el escenario y la barra regalando alcohol como si fueran sonrisas, no no, pero si se quería, se podía pasar muy bien en un lugar como este. El local estaba medianamente lleno, el problema es que como no tiene ventilación el aire se siente densísimo. Buena música, el animador movía sus hilos haciendo saltar a la gente en la pista. Sí, la noche daba una oportunidad de disfrutar. Cualquier persona corriente que haya venido aquí hoy podría haber dicho a la salida: "Compadre, fue uno de los mejores carretes a los que he ido" y, posiblemente, así sería.
Me mantengo en mi sitio, estancado, descansado quizás. La mirada perdida desde este segundo piso tratando de enfocar a la gente en la pista, abajo. Fumando. Empiezo a analizar a cada rostro que veo. Fijo mi mirada en un par de tipos allá abajo. Es entretenido detenerse a observar a todos los tipos de persona que hay aquí.
Me da risa un pobre hombre, debe tener más o menos mi edad, que trata de engatusar a una joven que baila al compás de la música. Se le acerca, ella lo rechaza. Por la espalda, tampoco amigo. La mira a los ojos y ella se aburre; le dice algo en un tono que se cacha que es molesto, seguramente una sacada de madre y la mujer se va. Hay tantos como él en lugares como este.
También por ahí veo a una niña con cara de intermitente preocupación, apoyada en la barra. Con vaso en mano, y cigarrillo entre los dedos se dedica a lo mismo que yo, observar. Ella lo hace con recelo, mirada furtiva, en todo caso. Analiza a cada persona, cada participante, me gustaría poder decir. Cuando ya diviso uno, ataca. Se le acerca por la espalda el hombre, que estaba bailando perdidamente sólo dentro de la masa de gentuza, le susurra algo al oído y comienza la acción.
Me produce gracia el ejercicio que estoy realizando; cada persona dentro de este local (y dentro de esta noche) tiene su característica propia, como si fueran carta de una baraja; cada cual con su color y número. Veo un viejo que no sabe que está haciendo aquí, tampoco sabe como bailar lo que suena, y eso que no es difícil. Unas cabras chicas pasadas de copas, obviamente en su carnet no marcan más de los 18 años que pide el cartel de la entrada. Los guardias, con sus oscuros ropajes y miradas altaneras de gente agotada.
Veo a un tipo alto, moreno, bailando; muy motivado la verdad. Encendido. Se le nota en la cara que es el tipo de personas "con toque". Seguramente triunfador en la vida. Sus amigos le pasan y pasan vasos y él, solo bebe. Baila con dos mujeres y sus amigos de cerca, mirando. El falso ídolo.
Un grupo de mujeres sentadas en una mesa, alejadas de la vida, de la luz. Bebiendo, riéndose por lo menos; mal no lo pasan. Se ríen del resto de gente, siendo que a ellas les encantaría estar en sus posiciones, en sus pies, labios y pieles. Seguramente ninguna de ellas nunca ha besado, o si lo hizo, fue por error y/o influencia del alcohol. Seguramente nunca han sentido lo que es el verdadero calor humano. Las rechazadas.
Así sigo mi mirada por un grupo de hartas personas, reunidas al contorno de una mesa, cada cual con su vaso (y varios vacíos alrededor). Uno tipo alza una mano y la baja lentamente, luego grita una palabra al aire. Todos los que lo ven estallan en risas y carcajadas. El payaso. Quizás ése tipo sólo es así con tres tragos dentro del cuerpo, quizás.
Me levanto de la silla y me acerco a la baranda. Le doy mi último beso a el Viceroy que mantengo en mis dedos y lo dejo caer desde el segundo piso. Los observo a prácticamente todos los concurrentes a este evento, seguramente más de alguno me estará viendo ahora. Yo los pude identificar y, en una de esas, ellos también. Yo los clasifiqué como lo que eran y ellos; ellos se equivocan al clasificarme como lo que ven. Me ven como el hueón funado del carrete. Y, en realidad, soy el que observa.
Especímenes del Carrete
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Triple perspectiva
Emilio
Me apesta ese tiempo de gente. Se creen los dueños del mundo solo porque miden 1.87 y son atléticos, claro, pero si les pones un test de cultura general se cagan enteros. El tema no es que odie a Renato específicamente, es más, me atrevería a decir que es mi culpa que no seamos "compatibles"; digamos que mi desdén viene por un ámbito más general, odio su biotipo de persona. Un tipo que piensa que tiene todo asegurado, que su viejo le va a pagar una carrera en una privada (en lo que será, seguramente, el sucesor de su empresa) y su única preocupación es si se agarra menos de dos minas el viernes por la noche porque, oh dios mío, como el Renato Urzúa se va a agarrar menos de dos poh' hueón. Un petulante que trata de demostrar que cuando aplastas a alguien te engrandeces tú, aunque este muy equivocado moralmente.
En fin, ése es Renato Urzúa, el Rena, y la verdad; contra su persona no tengo nada. Pero el tema es que se mete en mi camino o, más que él, su dama me interfiere. Rocío, oh Rocío, no sabes como me cambiado la forma de ver el mundo. Rocío Olavarria es una mujer segura, quizás demasiado segura, esa esa la imagen que demuestra. O quizás demostraba esa estabilidad, hasta esa noche.
Era un viernes cualquiera, estábamos terminando las clases. "Sí, nuestro protagonista es un simple (o quizás no tan simple) estudiante". Yo sé que a Rocío no le había ido bien (escuché que a su viejo le dio una enfermedad; además de sus notas, supongo yo) pero igual salía, y harto. Claro, en el carrete todos cambiamos, nos transformamos en otras personas con otras costumbres y otras actitudes. El ambiente nocturno tiene unas cosas mágicas que si fuera un poco más racional (o quizás, simplemente, serio) las escribiría en una especie de ensayo.
En fin, estaba yo en una casa ajena, echando la talla como si nada pasara con un grupo de personas que no vale la pena mencionar, cuando entra ella de la mano de Renato. "Maldito infeliz -pensé-, seguramente, la hará sufrir". Tragos más, tragos menos; y en una hora ya estaba yo a sus espaldas, a fuera de la casa, escuchando su sollozo. Los había visto pelear, me había hecho el hueón. La había visto gritarle, reí por dentro. Y, también, ví la escena en que la mina salió sollozando del lugar, ocultando su cara, mientras el pedante imbécil ese no hacía más que reírse con sus compinches.
Cuando me acerqué, ella pensó que yo era él.
- Ándate, concha tu madre -me gritó sin si quiera verme.
- Si quieres me voy, pero te aclaro que no soy concha mi madre, nací por cesaria.
- Ah, Emilio -me dice Rocío, secándose las lágrimas con la manga de su chaleco-. Disculpa que te trate así, juraba que eras el Rena.
- Si, yo igual lo trataría así.
Está ebria, lo noto. Ella me mira, pero su mirada no es fija, trata de sonreír pero no puede. Seguramente trato de tirarle una talla fome, ella se ríe por compromiso más que por gracia. Seguimos un rato así, fijo, mirándonos.
Silencio incómodo.
Vuelvo a verla y esta con los ojos cerrados, la busco; ella responde. Nos quedamos así, con ese beso, un par de segundos. Debo admitir que Rocío me sorprenda, sus besos son exquisitos, me dejan en la altura incluso un par de minutos después de habernos separado. Ahí noto que está sorprendida. Quizás, no era lo que esperaba. Quizás, no era lo que quería.
Rocío
Sabía que no tenía que salir con el 'Rena' o, por lo menos, no venir con él para acá. Siempre que sale con sus amigos y conmigo, me termina dejando botada y, la verdad, en estos tiempos no estoy para eso. Necesito que me apoyen, no que me dejen sola.
Al entrar a la casa noto al tiro a los que andan aquí. Tipos como el 'Chalo' Ramírez, el Emilio González o Jiménez. De las mujeres no cacho a muchas, deben ser amigas de la dueña de casa. En fin.
Al principio obviamente estoy con Renato (lamentablemente, también con sus amigotes). Sigo con él hasta que ya noto que empieza a tomar más de la cuenta; no es que yo no beba, igual tomo con él, pero no de esa manera. Cuando veo que la cosa se empieza a despilfarrar, me voy con las damas que están por el otro rincón de la pieza. Al levantarme de la mesa pierdo un poco el equilibrio, esperando que nadie lo haya notado miro por la habitación, todos enfrascados en sus conversaciones, todos excepto Emilio. Nunca he entendido bien a ese hueón, yo creo que le gusto.
El asunto es el siguiente: sí, me curé; tomé más de la cuenta. Sí, él fue un maricón; anduvo hablando mal de mí con sus amigos ¡y conmigo ahí mismo! En fin, siempre pensé que el imbécil era un cabeza de músculo, lo que tengo que reconocer era que no era como los de su tipo en la cama, no era bruto, sabía como hacer la gracia. En fin, cuento corto, me puse sentimentaloide, le lloré un par de estupideces en su cara y en la de sus amigos y salía corriendo de ahí, hacia el patio.
Ahora estoy sentada en este húmedo pasto, sollozando todavía, cuando escuchó un par de pasos, se acerca mucho. Le grito fuerte.
- Si quieres me voy, pero te aclaro que no soy concha mi madre, nací por cesaria -me responde. Ahí noto que, obviamente, no es Rena.
- Ah, Emilio -puta, ojalá que este hueón no cache que ando con la depre-. Disculpa que te trate así, juraba que eras el Rena.
Discutimos un poco acerca de el tipo este, noto el desdén que le tiene ¿Envidia?. Quizás. El punto es que me hago la hueona, yo sé que el me quiere comer, la verdad sí que estoy borracha, pero no creo que sea una excusa válida ¿despecho?, quizás sea mejor que la primera opción ¿no?
Hay un momento, en el que dudo, se me cierran los ojos y me pongo dubitativa. No alcanzo a reaccionar y ya tengo la boca del tipo este encima, pegada a mis labios. La verdad, me veo sorprendida, pero nunca malagradecida. Empiezo a besarle como sé que le gusta a los hombres, jugando un poco con la lengua, labios de arriba y abajo, un poco coqueta con los dientes, sí, estas mañas son fáciles de aprender.
La cosa es que en cierto momento nos separamos, y quedo sin aliento. Él nunca adivinará por qué, la verdad, es que al alejar nuestras bocas, mi cuerpo (o, quizás, más que mi cuerpo) pedía más de aquello. Fue entonces que escuche la voz de Renato, la escuché atenta mientras veía la mirada sorprendida de Emilio.
Renato.
La Rocío anda super rara últimamente, de verdad que no la entiendo. No sé si andará en su periodo o habrá cachado alguna hueá; ojalá que no le hayan contado la volaita con las morenas en Punta del Este si no, pa' la casa Don Rena.
La cosa es que la pasé a buscar temprano, para que conversáramos en el jeep. En vez de meternos en sus rollos, ¡empezó a criticarme la minita! Increíble. Me decía qué por qué veníamos a un carrete donde iban a estar mis amigos, que a ella le aburrían los cabros, blablabla, estupideces. Al final preferí optar por un simpático "sí mi amor, tienes razón, para la otra la hacemos a tu manera".
Llegando al lugar cacho al tiro que está bueno el ambiente, están los tipos que tanto les molestan a la Rocío y un par de pernos también, hay harta mina también, deben de ser amigas de la Flo, que es la dueña de casa.
-¡Wena, Rena! ¿Cómo está mi perro?
-Aquí nomás poh' Soto, vine con la Rocío.
-Hola cabros -responde ella sin ganas.
-Hola -le responden ellos con igual desdén. Se nota que entre ellos no fluye la cosa.
Me siento en la mesa con mis compinches y comenzamos a beber. Invito también a la Rocío "No quiero que te aburras, amor" le susurro. "Muy tarde", me refriega.
En cierto momento, cuando ya veo que la cosa no aguanta más (y la verdad, mi cuerpo tampoco) caigo en el quizás, más grosero error de la noche.
-Sí poh', como el viejo de la Rocío, más muerto que ese otro.
No alcanzo a alzar la vista para ver la expresión de Rocío, cuando ya noto que la cagé. Ella sale foribunda por la puerta que da al patio, y yo me paro para ir a buscarla cuando noto la risa de mis compañeros. Encrucijada. Caigo bien con los cabros o con esta mujer. Solo, atino a reírme.
Me quedo tomando en la mesa hasta que de verdad me costaría pararme y, en efecto, no lo intentaría, de no ser que no noto que Rocío vuelva. "Pa' mí que anda puro maraqueando esa otra" Risas de mis acompañantes. Puta que se siente rico sentirse querido.
Voy acelerado al patio y la noto de espaldas a mí, pero veo a ese otro imbécil de González sentado enfrente de ella, mirándome.
-¿Qué hueá estaí haciendo? -le grito mientras me acerco, apretando los puños.
-Nada -respondes ambos, al unísono.
-Nada te voy a hacer yo -le digo al flaco mientras lo levanto con los puños.
-¡Suéltalo hueono! -me grita Rocío.
-Tú lo pides -después de decir esto lo tiro hacia la piscina que había cerca. Por el sonido del agua o no sé si por mi risa estridente, la gente empieza a salir de la casa para cachar qué pasa.
Rocío me empieza a pegar en el pecho y a gritar cosas que la verdad no puedo escuchar (¿o no quiero?). Cuando veo que se empiezan a acercar mis compañeros de adentro, ya es demasiado tarde. El imbécil de González está al lado mío, y con algo entre las manos. No alcanzo a decir más.
-¿Qué tienes ahí...?
Emilio comienza a golpearme con el objeto a la altura del abdomen, primero lo siento caliente, bastante. Cada estocada se siente hirviendo, hasta que retira el objeto de mi carne. Antes de caer al suelo, logro ver el reflejo de mi sangre en su cuchillo.
Ahora lo veo desde el piso, veo un poco borroso pero sigo observando. Veo como mis compañeros lo han desarmado y cómo lo están acabando y escucho algo... un llanto. ¿Será Rocío? ¿Será por mí? ¿O por él?
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Completos Desconocidos.
Se nos viene el primer lugar primer lugar primer lugar (8).
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“Ah si, me acuerdo de ella” me dije a mi mismo apenas vi el cadáver. Era rubia, ojos color azabache, seguramente de alta alcurnia. Yo la conocía, al menos, la había visto más de alguna vez. “Bueno, en este cochino pueblo todos se conocen, la verdad”. Quizás me enamoré de ella, quién sabe. Ayer estuve junto a ella, y mucha más gente. Comenzaron a sonar Los Bunkers en mi mp3 cuando escuché la voz de Álvaro López: “Despertar en las mañanas no me hace demasiado bien, mirar por la ventana ver el cielo oscurecer”. “Sí Álvaro, a mí tampoco me hace demasiado bien”, reflexioné mirando el cadáver. Procederé a narrar los hechos como me fueron ocurriendo:
Salí de mi casa anoche apenas llegó Vargas a buscarme en su Corolla del ’96. Junto a él recorrimos las apacibles calles pueblerinas en su auto. Veníamos conversando temas de sobre mesa:
-¿Así que terminaste con la flaca, Benja? –me preguntó.
-Ya era hora creo yo. A nadie le gusta comerse un chicle pasado y estirado –respondí.
-O sea que no te daba la pasa’ la pobre.
-Jaja, aparte. No me caía bien el suegro. Muy milico el viejo.
Risas. Divisamos nuestro destino desde lejos. Avenida Santa Lucía con 12 de Mayo (justo detrás del Líder), la casa del Flaco Ramírez. El Flaco era lo que se puede llamar un anfitrión de lujo. Ponía a disposición su casa para fiestas semanales o distorsiones varias, entre ellas muchas juergas que terminaban en visitas de los pacos. En fin, tardaría horas y páginas describiendo todo lo que hemos hecho entre esos muros, pero les ahorraré la lata.
Llegamos con mi compañero al lugar. Había un par de personas en la calle, tal como al Flaco no le gustaba. Dato aparte, había muy pocas reglas en esos aposentos, pero las pocas se respetaban. Reconocí a Vicho y a la Gaby apenas estacionamos. Vargas apagó el motor.
-Buenas cabros. ¿Qué pasa? ¿Por qué andan acá afuera? –le pregunté a Vicho.
-Nada Benja, acá degustando un cigarro y conversando una cosa poca. A todo esto esto, ¿por qué no fuiste a entrenar hoy? –me pregunta él.
-Tenía otras que hacer compadre, sorry. –le respondo.
-Claro, si yo te vi con la Estela por ahí –recrimina la Gaby. “Puta –pienso- en este pueblo de mierda todo se sabe, uno no puede ni dar dos pasos sin que la gente ande cahuinando a las espaldas”.
-Eh sí… estaba con ella. A propósito, ¿está acá? –pregunto, escondiendo el interés.
-No no, no sé si vaya a venir –me responde la dama que tengo al frente.
-Seguro que vendrá –interrumpe Vargas- si es igual de carretera que tú. “Tal vez demasiado, creo yo”.
Nos despedimos de la pareja de tabaco-dependientes y nos internamos en la casa. Aprovecho la ocasión para describir el lugar, mal que mal, aquí sucede gran parte de mi relato. La casa da directo a la calle, únicamente dividida por una vereda que de vereda tiene poco y de ante-jardín mucho. Generalmente ahí se estacionan los autos de los asistentes, aunque también, cuando la ocasión lo amerita, lo hacen en el consultorio adyacente. El patio no es muy extenso, aunque, inclinado en su mayoría. Posee un par de árboles, aunque si hay que destacar algo es la hamaca, ya en el fondo de la estancia. Me ahorraré detalles de ese objeto, puesto que, cuando la anoche lo amerita, y la compañía lo acredita, ocurre magia (de la cual, adivinarán, he sido protagonista más de alguna vez). La casa misma está divida en dos. Al entrar te encuentras con un pasillo usualmente lleno de gente. A la derecha, el living; espacioso, ideal para el revuelo. A la izquierda del pasillo yace la cocina, con una mesa central que supera la altura establecida en una casa “normal”. Siguiendo por aquel espacio hay una pieza (la del anfitrión), discreta y oscura. Y un baño, ad hoc para la decadencia. Al fondo del pasillo central de la casa hay una división, pero no ahondaré en eso.
Presentado el escenario, faltan los personajes. Usualmente hay dos tipos de público para los eventos en este lugar. El primero, “los de siempre”, generalmente es mi generación del Salesiano, con algunas excepciones (Félix, el músico del grupo, era del Liceo de Hombres y siempre andaba con nosotros). Nuestro grupo, podría decirse. La segunda división no era tal. Tú te preguntarás, lector, qué o quiénes abarcan esa clasificación. Burdamente te diría “todos”, pero en vista de que ando más asertivo de lo común te declaro, los que quieran llegar; no nos cerramos a nadie. Llegan los que escucharon del evento en la plaza (donde parte esta obra magna), tienen buen trato con el dueño de casa y, por último requisito, tienen dinero en sus arcas. En fin, sin más preámbulos, esos serían los elementos de cada noche. Ahora, aquella velada tenía los siguientes factores: era una noche de invierno, pese a que no asomaba lluvia alguna; era el primer fin de semana de vacaciones por lo que había mucha gente de otros lados; la gran mayoría traía buena pasta, así que cigarros y alcohol no iba a faltar; y, por último (pero no menos importante) iba a ocurrir un asesinato.
Me interné en el hogar dejando a Vargas de lado en la entrada, que estaba saludando a un primo suyo. “A final de cuentas, en este pueblo todos, o se conoce, o son primos”. Saludo a un par de compañeros de colegio y sus pololas, del Inmaculada Concepción. Por ahí veo a Felipe, un genio para las matemáticas que no puede dejar de lado su tequila semanal, también a Toto, el próximo ‘10’ de la selección Chilena según muchos y que, por suerte, juega en el Salesiano. De grupo en grupo me encuentro con Clara, que estaba sentada cerca de Félix (el músico que nombré con anterioridad) en un sillón, fumando Viceroy, sus favoritos.
-¡Buenas mi wacha!
-¡Benjita! ¿Cómo estás mi amor?
-Todo bien preciosa, ¿y tú Félix? ¿Tocando Pearl Jam?
-Como siempre nomás pues, estimado –me responde el joven de la prominente barba-. Supe que terminaste con la Estela perro. “Y volvemos a lo mismo” –me dije.
-Sí… pero bue, no la he visto por acá. ¿Sabes si vien…?
En ese momento se posó mi mirada en un grupo de damas que estaban cerca de la mesa del copete, sirviéndose un vodka. “A lo mina”, pensé yo. Mi acompañante notó mi desdén.
-¿Qué pasó campeón? ¿Te quedaste pegado? –pregunta Clara.
-¿Quién es ella y de dónde salió? –pregunté sin despegar la mirada de aquella mujer de pelo rubio intenso e impactante sonrisa.
-Jaja, es la Daniela Ruiz-Tagle, del Alianza. El Flaco las invito porque la Vivi está de cumpleaños mañana y prefiere salir con todo su grupo de amigas. –Notando mi mirada al escuchar el nombre del colegio de qué proviene mi mejor amiga me responde. –Tranquilo hombre, weca no es.
Quedé impactado ante tal ser. Prefiero retirarme ante la invitación a conocerla, aún no estoy listo. Le pregunté a Félix antes de salir de ahí si la mesa estaba libre, a uso público. Solo me mostró su vaso. Cerveza llena. “Y pensar que este imbécil prefiere la Heiniken a cualquier cerveza”.
Me acerqué a la mesa y comencé a servirme tres dedos de Dominican y dos hielos. Mientras sirvo la escucho. Algo sobre música, conciertos en Chile. Escuché Radiohead por ahí. Muy buena elección, has hecho puntos conmigo, Daniela.
Comienzo a escrutar el ambiente. Veo por ahí a Pipe, un compadre de la infancia, me detengo a saludarlo y a su acompañante, una tal Cami. Me pide un poco de mi vaso, yo le amago y le digo que vaya a buscar. Siguiendo por la jungla del carrete nocturno me encuentro al fin con el dueño de casa, Ricardo Ramírez, mejor conocido como El Flaco.
-¡Perro! ¿Cómo anda todo?
-Bien bien Benja, ¿Tienes un cigarro que me convides? –me pregunta.
-Pero por supuesto. –Le tiendo la cajetilla de Lucky y aprovecho de tomar uno yo. El prende ambos cigarros con un encendedor negro con calaveras rojas. Bastante característico de él.
-‘Ta que arde esto, ¿ah? –le comento al jugador local.
-Espérate un poco a que pongan música. Les dije que tenían hasta las 1 para poner reggaeton y hueas así. De ahí me pongo yo a mezclar.
-Jaja, digno me parece. –Justo cuando termino mi oración, empieza a sonar. One, two three, four – Uno, dos, tres, cuatro.
-A lo que nos convoca, perro –dicho esto, dejo a mi espectador sosteniendo mi vaso. Vacío.
Comienzo a bailar por ahí, los movimientos se apoderan de mí. La verdad, nunca he sido bueno para moverme en la pista, Estela siempre me lo recriminaba. “Si es por ti, bailaría con un tronco” solía decirme. Ahora mismo, me da igual lo que piense ella. Me acerco a Clara y sus amigas, le susurro al oído mi cometido “¿Y si vamos por una pelolais?” Risas de mi compañera, nos acercamos a donde está bailando ella con Jano Ortúzar, un hueón de su colegio. Clara se va con Jano, y yo me quedo con Daniela. Comenzamos a bailar justo cuando cambia la canción. Juan Luis Guerra y su “ojalá que llueva café en el campo que caiga un aguacero de yuca y té”.
-Del Alianza eres, ¿entonces?
-Sí, tú eres Benjamín Torres, del Salesiano. –Me impresionó de frentón, me cacha, por lo menos.
-¿Y como tiene el desagrado de conocerme, señorita?
-Nah’, si tú eres el pololo de la Estela.
Ese comentario me cayó como patada a la boca del estómago. Retrocedí, derrotado. Solo le dediqué un par de sonrisas más en toda la noche. Podría haber sido nuestra, nuestra noche; pero lo arruinó. Me quedé el resto de la velada achacado, apoyado en una pared y bebiendo ron como solamente yo sabía hacerlo; posando el vaso entre mi pulgar y mi índice. Parado ahí, viendo como todos se divertían me dí cuenta de dos cosas. Uno, nadie se acuerda de los payasos y personajes emblemáticos cuando están derrotados, a un costado. Y dos, estaba chato de que me recordaran a Estela con cada frase. Decidí irme de ahí. Vargas ofreció llevarme al ver que me ponía mi chaqueta y salía, pero lo rechacé a cambio de que me obsequiara un par de cigarrillos para el viaje. Lucky Silver, mis favoritos.
Fumando y caminando. Pensando y reflexionando. Ya cuando el trecho se acababa, llego a mi casa. Ya sin ganas de nada, abro la puerta, dejo mi chaqueta colgada y subo a mi pieza. Dejo las llaves, los cigarros y el celular, programo la alarma. 6 A.M.
Me despierto a la hora estipulada, sin saber nada, sin poder quitarme de la cabeza a la tal Daniela. Me pongo un short, no sin antes oler la ropa del día anterior; copete y cigarrillos, mala combinación para un tejido. Salgo de mi casa portando únicamente mi mp3, reproduciendo Los Bunkers. Cuando llegué a la esquina la divisé, botada, allá a lo lejos. Pensé que no era ella, rogué porque no fuera ella. Al estar a menos de dos pasos escucho el verso solemne de Álvaro López a través de mis audífonos y reflexiono. “Lamento no haberme dado la oportunidad de conocerte; lamento no haberte dado la oportunidad de reírte de mí… como todos”. La volteo y descubro dos tajos a la altura del abdomen. “Pendeja cuica” deberán haber pensado los asaltantes de aquella niña que contemplo muerta ahora, y la vi bailando, gozando… horas antes. “Pobre Daniela”.
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Asqueroso, ridículo y lento. Digno de una patada en las weas y un escupo en la cara.
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Jaja
El otro día te vi. Andabas en la biblioteca, discutiendo, para variar. Me habían dicho que andabas por allá, así que rehuí de mis deberes para verte, aunque fueran solo un par de minutos, aunque fueran solo un par de respiraciones cercanas y tu voz.
Al llegar me sorprendí, puesto que pensé que estarías sola, más, no fue así. Rodeada de tus pares frente a un erudito quizás. Debatías. Yo, ni tonto, tenía un plan en el caso de verte ocupada: preguntaría por el concurso de poesía entrante, tal cual bohemio necesitado de billetes.
Mi impresión no fue menor al darme cuenta que no estaba la encargada del concurso. "Mierda -pensé-, improvisa hueón". Me acerqué al cubículo adyacente al que había revisado y, al notar levantarse la mirada de su ocupante, pregunté: -"Disculpa, ¿tienes 'Sobredosis', de Fuguet?". Espera, y el devenir de la señora dentro de los estantes del fondo. Espera, y una mirada al salón. Espera, una mirada de reojo, y escucho. "Ese es el problema de la educación pública, ¿ves?. No, no veo, no escucho. Solo pienso pero ni sé en qué. Te veo, y tú, ni percatas mi presencia. Te veo y pienso si alguna vez me verás. Sigue la espera... No, no me notas.
Al volver la bibliotecaria con el roído volumen, me retiro del lugar. "Help" de los Beatles comienza a sonar en mis audífonos. "Sí John, yo también necesito ayuda" reflexiono mientras atravieso la puerta de vidrio y escucho una risa, seguramente femenina, a lo lejos.
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Seis Cuerdas
No me gustó mucho, más, lo recomiendo. No por su narración si no por la historia misma.
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El cacharro avanzaba cruzando las calles de Valparaíso. La cara de mis compañeros denotaba preocupación. Dani, el conductor, iba con un semblante serio; más no sereno. Mario, que siempre trataba de calcularlo todo tenía la mirada perdida en el horizonte. El “Pato” intentaba calmar los nervios fumando. “Lucky” rojo, su predilecto. Éramos cuatro y, gracias al vehículo (ya prácticamente acabado) avanzábamos hacia nuestro destino. Éramos cuatro y, gracias a la maleta de la Van transportábamos nuestros sueños, nuestras herramientas para transmitirlos.
A través de las nocturnas avenidas de la ciudad porteña viajábamos. No había mucha gente a la vista y los pocos que se lograban vislumbrar se notaban pesimistas. Caras desganadas y desmarcadas mostraba el entorno.
Mi reloj disparaba las 20:58 cuando vi el destino al bajarme de la Van. Rodeamos el edificio y entramos por atrás. “MILICOS CULIAOS” rezaba un graffiti en la pared del establecimiento. Sin más, tomamos nuestras herramientas, estuches negros, e ingresamos al local.
Al entrar notamos el ambiente un poco pesado. Mario dijo algo sobre los tipos que estaban encima del escenario, creo que fue un comentario como “su bajista es buenísimo” o algo por el estilo. Escuchamos atentos, junto al resto del público, lo que el quinteto tenía que contarnos. Trovaban historias sobre esperanza y desesperanza, de actos económicos y gente que vencía al claustro del estado. Eran bastantes buenos debo admitirlo. Sin darnos cuenta nos íbamos acercando a la barra.
Mi muñeca ya marcaba las 21:04 y todavía no veía rastros de Sara. Me dijo que estaría acá por las nueve, pero nada. Ni un pelo de su cabellera roja, ni un destello de sus ojos miel. Nada. Ya resignado, le pedí una copa a Tomás, el cantinero. Este bar ha sido de Tomás por muchos años y antes de él, de su padre, y así por las generaciones hasta el primer “Tomás” que les servia cervezas a los marineros del puerto. Me caía bien Tomás. Era un tipo que tú podías contarle todas las noches la misma historia del borracho y siempre sonreía y asentía: “¿En serio Félix? Bueno yo supongo que lo diste vuelta a puñetazos, ¿no?” Era uno de esos tipos que no se aburren, listo para la pega de cantinero. Sin muchas palabras le pedí una cerveza con cuello, a la alemana. Dani me acompaño, pero sin tanta espuma como yo. Mientras mi compañero y yo degustábamos aquel brebaje y el “Pato” seguía fumando (pero ahora, del otro lado de la barra, y hablando con una niña que jamás antes había visto), Mario intentaba adivinar los acordes que tocaban los tipejos de arriba. Era un chiste verlo. Presenciábamos a un virtuoso, tal vez demasiado. Y teníamos suerte de tenerlo entre nosotros. El podría haber echo con su vida lo que hubiera querido, tenía todas las capacidades para todo lo que pudiera imaginar o intentar, pero decidió meterse con “malas influencias” como nosotros. Ja ja.
Dani seguía bebiendo, también esperando a su pareja, cuando yo me volví a fijar en el reloj. Las 21:09 –“A estos tipos les debe quedar una canción, dos como mucho”– pensé. Entonces, me fijé en el escenario y vi al vocal. Era un tipo de rulos, rubio, buena pinta. Seguramente que salió de colegio privado. Según yo, no entendía el por qué de esto. No tenía por qué estar aquí.
-“Por favor, me voy a tomar este espacio para dar un mensaje. En primera, me encanta este bar, creo que representa todo lo que nosotros queremos para nuestro Chile. No una tierra gris ni oprimida, si no libre, libre de expresar y decir lo que cada quién quiera, con muchas formas, colores y sabores. Y, en segunda idea, ya sé que la gran mayoría de ustedes estarán criticando nuestra situación económica. Desde las ropas que llevo puestas hasta el color del auto que nos trajo hasta acá. Pues bien, yo les quiero escupir en la cara y decir que en realidad no importa cuanto gane mi viejo, a qué colegios he ido ni tampoco la marca de mis instrumentos, si no lo que hay debajo de todo esto: las ideas”.
Mierda, hasta ahí, el cagón me había cachado y negado totalmente. Veamos qué más tiene.
-“Por eso, es que yo, Emiliano, les quiero dedicar esta canción a todos los putos clasistas de mierda, los que discriminan tanto para abajo, como para arriba. Y esto se llama ‘Mi tierra’”-
Comienzo a escuchar esa guitarra sorda, cruda y real. Arpegios que empiezan a ser acompañados por un bombo, y luego, por una voz raspada. Hablaban de una nación la cual ha sido oprimida, pese a que nunca abandonó su espíritu real. Pero, en la tierra de los desaparecidos y los callados, de los caídos y los maltratados, ¿cabía esperanza? Este quinteto demostraba que sí.
Termina la sonata y el reducto estalla en aplausos, rechiflas y aceptación. Estábamos felices, bastante la verdad. Si un grupo de niñitos cuicos demostraba que quedaba esperanza, nosotros, que supuestamente estábamos peor, debíamos dejarlos boquiabiertos.
Antes de que el jolgorio acabara y el aplausímetro bajara sus decibeles, subimos al escenario a instalarnos. Dani probaba los platillos, el “Pato” continuaba fumando, pero con su guitarra ya cruzándole el pecho, mientras Mario estaba ya sentado frente a sus teclas. Yo todavía estaba emocionado por el discurso del chiquillo ese, de verdad que me había tocado con sus palabras. Parado frente al micrófono, con la acústica que me caracteriza. “Esa fue una de las primeras japonesas acá en Chile”, solía decirme mi viejo. Para mí valía más que por eso, porque es fiel, y sirve como puente entre mi cabeza y mi boca. Un pedazo de madera, seis cuerdas y una voz.
-“Buenas noches a todos los engendros que han decidido osar pasarse por este queridísimo lugar. Me presento, mi nombre es Félix Hormazábal y nosotros somos ‘Sublime Violencia’. Ahora, no utilizaré más letras para describirnos si no que espero que nuestra música hable por nosotros mismos”-. Antes de acabar de hablar, trato de encontrar la mirada de Sara alrededor del antro. Un vistazo, dos, quizás tres. Nada, ni rastro de la niña. En mi búsqueda, mi mirada se cruza con la de otro ser. El vocalista de la banda anterior me mira fijamente a través del aire, sentado cerca de la barra. Una sonrisa, y eleva su trago.
-“Y, no quiero soltar este micrófono sin pedir un gran aplauso para la banda que nos antecedió, el reconocimiento que se merecen estos cabros debería ser enorme, ya que representan el espíritu rebelde e intransigente de esta nueva generación”-.
Más aplausos y vítores llenaron la atmosfera. Una sonrisa del lado del escenario, una sonrisa de la barra. Y comenzamos a sonar.
Lo primero es una canción que habla de la propia revolución, que va por dentro. La revolución del arte. Venzamos el candado impuesto a nosotros al nacer que nos ordena a no expresar, o a hacerlo dificultosamente. El arte, señores, el arte es la puerta que libera las expresiones. A través del arte quemamos ciudades, construimos independencias y manifestamos libre albedrío. Y la nota final queda sonando en el aire, mientras estallan las voces de aprobación.
Feliz y un poco exaltado miro a mis compañeros. Están felices, esperando; a que dé el golpe seguramente. Para allá vamos, pero primero, necesito verla. Sentir su presencia, por lo menos. Con eso solamente me basta.
Las luces iluminan completamente el escenario y logro distinguirla. Ahí, entre medio de esos borrachos enardecidos y pseudos comunistas, entre los literarios de la época y revolucionarios actuales, ahí está ella. La llamarada de mi pasión. Levanto mi muñeca y busco los números entre la oscuridad del escenario. 21:23 -“23 minutos atrasada, que vergüenza”- pienso para mis adentros.
-“Me alegra que les guste, aprovechando el envión acá les va otra, directamente desde este encerrado mundo que llamamos Chile. Se titula ‘Ella espera’”
Comienza con una de Mario, golpea las teclas suavemente-duro. Como si fuera lluvia. No una lluvia tierna, si no que la sientes, pero no te daña. Te golpea, pero no te hiere. Luego el “Pato” y unos armónicos que crean atmosfera, bajan las luces y mi apertura.
La historia de una dama que se enfrenta a la desolación de que su amado partió, que quizás no vuelva. Incertidumbre, quizás que le pasó, se lo llevaron ¿lejos? No lo sabe. Quizás esté a dos cuadras de su casa, amordazado sin poder hablar, sin poder gritar. Ella no lo sabe, y se desespera, llora. Más, ella recuerda sus palabras. “Acuérdate, que cuando caiga, tú serás fuerte. No te dejarás caer, ni roer; te sentirás con un temple intachable. Más que por tu honor ni el mío, por los ideales, que van más allá de tu carne y la mía, más allá de tu recuerdo de mí.” Ella es fuerte. Sabe que afuera hay un mundo esperando por escupirle, gritarle y matarle. Ella es fuerte, no se deja caer… no se deja roer.
-“… se fuerte, Sara”-.
Aplausos y risas, más, yo la observo. Ella es fuerte, se mantiene. Le sonrío. Ella me devuelve el favor. El “Pato” prende otro cigarro, se me acerca y me dice:
-“Félix, ‘tamos en la hora. Desde abajo Tomás nos dice que nos bajemos por lo del toque. Toquemos una y nos vamos”.- Verifico mi reloj. 21:51. Estamos justos.
-“Que sea ‘Ideal’, entonces”- le respondo. Él asiente. Le dice a Dani mientras Mario asume. Contamos; un, dos, tres. Y el caos se apodera de nuestras almas y cabezas.
Una batería veloz destroza el aire, y se le une inmediatamente la guitarra arrasadora. Mario crea ambiente con unos acordes justos. Presionando a este sistema, presionando a los contemporáneos.
¿Estás ahí? ¿Me escuchas? Bien, no me gusta hablar solo. Dí mi nombre, ¿no puedes? ¿Escúpeme en la cara, quieres? Soy la opresión y te vengo a acabar.. Yo sé que piensas, pero también sé que no tienes medios. No lo haces, no por que no quieras, si no porque no puedes. Y estás ahí, impotente. ¡Vamos, levántate y pégame!
Pausa… caos.
Sí, sí puedo acabarte. Eres un ente creado por nosotros mismos. Tú estás ahí porque nosotros lo decidimos, si no, te sacaríamos. Sí, puedo pensar y razonar. Sí, puedo palabrear y basurear. Sí, puedo aburrir y descubrir. No, no tengo medios. No, no tengo tiempo. No, tú me cierras las puertas. A veces, y sólo a veces, las cosas son mucho más simples de lo que parecen. Mientras tenga seis cuerdas y mi voz, se escuchará mi canción.
De repente, nuestra música y la atmósfera que abunda en el lugar es cortada por una sirena. Unas puertas se abren de golpe, por atrás y por delante. Gente gritando, mesas dadas vueltas. Alcanzó a ver para atrás en el momento en que Dani se tranza a golpes con un uniformado. Mario se para sin comprender y trata de ayudarlo. “Pato” perplejo.
Miro hacia la barra. El tipo de los rulos era llevado contra su voluntad hacia fuera del local. Tomás estaba en una discusión verbal calentísima con un paco, seguramente alegándole que aún no era hora del toque de queda. Y en ese momento, la veo. Está con sus ojos clavados en mí. Esperando, seguramente. Tomo el micrófono y pienso: “No la defraudaré”.
-“Compañeros, recuerden bien esto. Mientras tengamos una voz y Seis Cuerdas, podemos gritar nuestras ideas en la cara de quién se niegue a escucharlas”-. Entonces, un golpe por la espalda, el frío de las baldosas y la oscuridad.
Etiquetas: Cuento
Cambio Radical Facial
Para Romina Siebert, con quién he vivido cosas importantes.
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"¿Qué te ha pasado?" me preguntan del otro lado del salón. Sumergido aún en mis divagaciones sin notar alteración pregunto con desconcentración. "¿Ah? ¿Qué cosa?" "Qué si te pasa algo. Si estás bien" Ya olvidando mis pensamientos me centro en la pregunta. "Eh, no... que yo sepa" "Weón, te pasa algo, 'toy segura" "La firme, estoy bien" Conscientemente sólo estuve mirando el vacío. "Loco si paso algo cuéntame, sabes que puedes contar conmigo" "Romy, te digo que estoy bien, que no pasa nada y que estaba pensando simplemente". Mi interlocutora, ya harta, exclama: "Barahona, lo noté en tu cara, te pasó algo" Aah, pensé, con que era eso. Satisfecho para mis adentros. "Con que era eso Romy. Sí, hice algo... estaba sonriendo"
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Mansión Realista
Y sigue el mismo imbécil, con cara de embobado y baboso mirándome a través del espejo. A veces me aburre encontrarlo siempre a él gracias a mis ojos.
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Despierto sobre exaltado, mirando a todos lados mientras la pintura de mi pieza se destiñe. Los rojos se convierten en vino, vino que gotea en mi velador, acabando con la copia de "La Utopía" de Moro.
Al levantar la sábana y comprobar que no dormí no-acompañado siento un peso atroz sobre mis hombros. Murió algún político sin importancia en alguna nación que busca su democracia. Pongo los pies sobre un par de CDs, Dark side of the Moon y algo de los Doors.
Al salir de mi habitación y comprobar que los androides invisibles continúan su batalla interminable con los filósofos del pasado me doy el tiempo de un gusto. Bostezo tragando todo el caos que hay a mi alrededor.
Al ir caminando y cortándome con los vestigios de la batalla campal que acabo de presenciar, noto que Jesús debía ser realmente un tipo con fuerza; no por nada acarreó una cruz de madera nada liviana durante todo un carrete para terminar en un cerro. LLegando al baño veo hacia atrás y me doy cuenta del camino de "Hansel y Gretel" que acabo de ejecutar con sangre.
Me miro al espejo esperando ver a un épico de la época. Un Morrison, Cobain o quizás un Dickinson. No, sólo veo un Soto, un Ruiz y tal vez un González. No me desanima. Soy latinoamericano que vive en Chile. Soy pensador que nació en esta tierra. Soy vida que fluye en sus hogares. Soy una persona que no se avergüenza de ambientar en un país de políticos polémicos y angosta extensión.
Al salir del oscuro calabozo, veo que estaba mi hermano sentado a la mesa. Me acerco y logro apreciar su piercing de loro verídico. También veo una persona desconocida sentada en mi lugar:
-¡Madre! ¿Quién es éste que está dónde yo debería?
-Es el Sr.Hgong Av -después de notar que Hgong Av es anagrama de Van Gogh y descubrir que a este señor le falta una oreja, lo empiezo a masacrar. Lo tumbo y a través de golpes y golpes en su horrible cara de contemporáneo comienza a surgir una sustancia amarila. Cuando ya me aburro de él, y ya sé que este hecho le costará una visita a algún cirujano plástico, me largo de la casa de cuadros que me observan.
Ya afuera y tras ver a mi cabra tocando un acorde de "God Save the Queen" veo la casa explotar a través de un ojo de caleidoscopio.
Noche de Campanas.
Lo escribí para el Cuento Varas del 2008. Quedé súper conforme con el resultado, pero a los jueces no les pareció.
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Doce Campanadas. Estoy esperando en este pequeño espacio, pensando en por qué estoy aquí, por qué no estoy. No logro encontrar respuesta. Busco la salida, muchas paredes, muchos barrotes.
Once Campanadas. Es de noche y siento frío. La celda de piedra es húmeda, aparte que tiene una ventana con fierros al descubierto. Puedo ver a través de aquella mirilla, hermosa luna que se cierne sobre nosotros.
Diez Campanadas. Había una mujer, estoy seguro. Era rubia, bonita sonrisa y mejor presencia. Sentía algo por ella ¿o no? ¿Amor? No logro discernir. ¿Qué era de mí? ¿Pareja? No sé ¿Hermana?
Nueve Campanadas. También había un hombre. Me parecía que tenía una apariencia arrogante, aire de que se creía con la capacidad de ganarle a medio mundo, aunque no tenga ningún título en el cuerpo.
Ocho Campanadas. Seis pasos a la ventana, mirada afuera, viento en la cara; seis pasos devuelta. Hablaron de hacerme pagar. Putas lacras con armaduras brillantes, ¡¿qué fue lo que hice?!
Siete Campanadas. Mucha rabia, ira capaz de maltratar, de herir… de matar. Me doy cuenta de las heridas en los brazos, son cortes no tan profundos que aún no cicatrizan… sangran.
Seis campanadas. ¿Hay una iglesia? Ahí, a través de la ventana, junto a la plaza. También hay una estructura de madera ahí. Pilares paralelos que son cruzados por otro poste, una cuerda baja. Las nubes lo cubren todo.
Cinco Campanadas. Quiero correr Quiero correr Quiero correr Quiero correr Quiero correr Quiero correr Quiero correr Quiero correr Quiero correr Quiero correr.
Cuatro Campanadas y el sol salió. Se acaba la noche y otras esencias también.
Tres Campanadas. Los pasos comienzan a surgir y la vida en mi penitenciaria igual. Los barcos llegan y se encayan al puerto, las gaviotas comienzan su vuelo otra vez, los comerciantes ponen sus matutinos puestos de venta… Cómo si nada cambiara; como si un nacimiento no modificara en nada, como si una muerte modificara todo.
Dos Campanadas. Hay seis pasos a la ventana desde la cama. De la cama a la pared, cuatro y medio. De esa pared a la otra, cinco y tres cuartos. De mi celda a la del lado hay 68 kilos de concreto. De mi celda a la sala del oficial, apenas 28 pasos y dos guardias armados. De esa sala a la plaza, tres escalares de 12, 14 y 12 peldaños y 62 pasos. De mi actualidad a la libertad… no hay distancias.
Una Campanada y me acabo de dar cuenta que estaba contando hacia atrás las horas.
La puerta se abre y entra el soldado, me encadenan y arrastra por el estrecho pasillo; mientras veo los pálidos rostros del resto de los reos aferrados a sus barrotes. Ya afuera, los rayos del sol me queman los ojos mientras recibo los escupitajos de e improperios del público presente.
Ya cuando estaba con la soga al cuello (pero antes de que el piso se me fuera) recordé que la dama se llamaba Amelia, que yo fui su novia tres años al escondite; por su diferencia social conmigo. El petulante bastardo tenía de nombre Manuel, el imbécil que le correspondía según su casta… le dí dos estocadas y tres tiros con pólvora ¿Ella? Solo fue necesario un gatillazo en la sien.
Y ahora que lucho contra el no-aire que trata de entrar a mis pulmones, me doy cuenta de que soy libre y no hay razón para combatir.
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Un Mundo Infelíz.
Tiempo sin actualizar, no sé, no me motiva subir cosas si nadie lee. Me siento como haciendo un monólogo ...
Nagasaki antes de la explosión
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Un Mundo InFelíz
Al fin llega el timbre de las siete, el término de una jornada escolar. Todos recogemos nuestras cosas y nos vamos, acabó esta monotonía diaria. Siyu me ataja en la salida del salón B-7 del Liceo para Hombres de Nagasaki.
-¡Hey, Ryuzaky! ¿Qué te parece si vamos al Parque Central? Podemos llegar a tiempo para usar la cancha, igual que el jueves pasado –pero ya sabía de antemano que esa oferta me era inmune-.
-Disculpa Siyu, para otra será.
Dejo a Siyu con cierta incertidumbre mientras me adelanto al pelotón de alumnos que van intentar dejar la sala. Me inserto en las vivas calles de un primaveral Nagasaki, el problema de la guerra sigue latente en las mentes de muchos nacionalistas y ciudadanos, aún así se respira un aire nuevo… como de cambio, quizás extremo para una ciudad conservadora. Sin preocuparme mucho de todos estos asuntos políticos y militares, me dirijo hacia el Instituto de
El Instituto en si, es un edificio tosco, en medio de nuevas construcciones. Data del siglo pasado, por ende, es como una monja en medio de científicos, fuera de lugar y horrible estéticamente. Pero, en él yace mi amada.
Oh, Amane, la joven de los cabellos dorados, la de la dulce voz que asemeja a un susurro de cedro en el medio del temple voraz de la tormenta de tundra. La conocí hace un par de meses, creo que unos siete. Desde la semana pasada que estamos saliendo en estas especie de citas casuales. Estoy demasiado feliz con ella, me hace volver a sentirme vivo. La requiero, constantemente delirio al no tenerla y tocarla, sentirla. Afortunadamente… terminó esa espera, por lo menos, momentáneamente.
Llego al recinto, parece que salieron hace poco de clases, me anoto mentalmente preguntarle a Amane a qué hora termina sus lecciones diariamente. Veo un par de chicas cuchichear cerca de mí, aún así me mantengo al margen, apoyado en un poste. De repente, la diviso entre la estampida de estudiantes.
Venía con su uniforme (como era obvio), una teñida no menos excitante, su pelo, largo y rubio reposaba sobre su fina espalda, y su figura era resaltada con una bellísima sonrisa.
-¡Ryuzaky, qué tierno haberme esperado!
-Los caballeros suelen hacer cosas así, supuse que tendría que imitar a alguno.
-Jaja, siempre tan gracioso. ¿Qué te parece si vamos al monte Hagi? –Me pregunta ella- A esta hora ya no alcanzamos a hacer nada más que ver el atardecer, además con todo esto del toque de queda –el bendito santo y seña de esta nueva época, la fastidiosa alarma para volver a los seguros hogares-.
-De acuerdo, pero para la siguiente mi voto es para un café –agrego.
Caminamos juntos un par de cuadras. Hagi es un famoso monte en toda la región, ya que cuenta una leyenda antigua que ahí se creó la primera espada, desde los mismísimos dioses de la montaña, patrañas de antaño. Al principio, íbamos caminando juntos, sin ningún contacto más que nuestras palabras que rozaban el aire que nos comprendía. Pero, de improviso, una carreta pasó a toda velocidad por la esquina, casi agarra a Amane en su desaforada carrera pero, por suerte, logré retenerla sosteniéndola por la mano y asiéndola hacía mí. Pasamos un gran susto, desde ese momento no le solté la mano ni ella a mí hasta que llegó la despedida.
Al arribar al monte nos dimos cuenta de algo, que la belleza y sencillez (sintetizadas) no tenían límites. La inmensidad de un simple pedazo de tierra, roca y minerales, surcado por los años y el desgaste, todo aquello contrastado por un sicodélico atardecer rasante nos dejaba atónitos. No necesitábamos palabras para expresar lo que estábamos viviendo, era como si ese único momento nos valiera por el resto de nuestra existencia, como si hubieran estallado doscientos soles y nunca su irradiante fuerza pudieran dañarnos, éramos invencibles… éramos dueños de nuestros propios pensamientos y sentimientos.
Llegó la hora de irnos, lo noto ya que la gente comienza a desaparecer de las calles. Me apeno, antiguamente a esta hora uno podía seguir viendo a niños jugar por las plazas, equipos practicar para las temporadas venideras de sus deportes preferidos, guerra de mierda y tu puta injusticia incondicional e indiscriminada.
Me levanto y la ayudo a incorporarse. Pareció un transe todo el tiempo que estuvimos sentados contemplando aquel gigante de granito. Comenzamos a caminar, y junto con nuestros pasos, una refrescante brisa. Más que refrescante, helada, demasiado para primavera. Mal presagio. Adelantándome a la situación, me saco mi chaqueta y se la sedo a mi acompañante de plata. Al dejarla en su casa… ella no sabía que dentro de la chaqueta había una carta. Antes de que la despidiera en su puerta me dijo que mañana se iba muy temprano a Nigata, por lo que no la iba a ver en una semana, le dije que se quedará la chaqueta hasta ese entonces.
Después de aquel episodio camino hacia mi casa, que queda al otro extremo de la ciudad, hay toque de queda, pero me siento con suerte. Comienzo a recapacitar acerca de mi situación y me doy cuenta que realmente estoy viviendo bien, mientras la tenga a ella, mi protegida y ángel guardián simultáneamente, estaré bien. Lo sé.
Al día siguiente una luz mortecina me acuchillo por la ventana. Era sábado, 11:43 de la mañana, así que no tenía clases, pero mi madre me pidió que fuera a buscar a mí hermano pequeño, Kogy, a su particular de arte. Sin más, me ducho y parto hacía la academia.
Era una despejada mañana, radiante de vida, lista para que uno descubriera todas las oportunidades que entregaba. Cuando estaba a un par de pasos de la academia, contemplo una extraña figura en los cielos, una especie de punto. Luego, los aires se tiñeron de blanco, un blanco como de vacío y muerte, las sombras nunca volvieron a proyectarse, y un estridente sonido destrozó nuestras pieles dejándonos inanimados por siempre en la eternidad de nuestros escombros.
Ahora, me pregunto si habrá leído mi carta después de aquella noche, o, si siquiera la vio antes de aquella explosión.
El 9 de Agosto de 1945 se lanzó sobre Nagasaki la segunda bomba atómica. El bombardero estadounidense “Bockstar”, en busca de astilleros, divisó la fábrica de armas Mitsubishi. Sobre ella, dejó caer la artillería aérea “FatMan”, la cual dejó una cifra de 140.000 personas muertas, entre civiles y militares.
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Cuento que no pude encontrarle título, la verdad, si alguien me coopera con uno agradecido estaré.
Días de aburrimiento, escucho Anthrax mientras leo Juanelo y me digo si esto deverdad es verano, unos putos días nublado ¬¬º.
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Y por último me encontraba botado en la sucia tina del cuarto, empapado con mi propia sangre, con un dolor fulminante acuchillándome la espalda y con un órgano menos.
Todo comenzó hace tres días, mi novia me había echado del departamento en el que vivíamos el mismo día en que mi jefe en la fábrica descubrió que era un vago sin futuro. Así que ahí estaba yo, un joven de unos 28 años, sin comida ni techo y las únicas monedas que yacían en mis arcas no superaban los ocho mil pesos. En una situación así uno piensa en la familia, ya sabes, ese grupo de personas que te ampara y te alimenta hasta que tienes edad suficiente para trabajar, entonces te tiran a la calle como un par de zapatos que ya pasaron su vida útil.
Mi familia no era muy convencional, la verdad, era caótica y errática. Mis padres murieron en un accidente de auto cuando yo tenía seis años, lo que dejó repercusiones en mis hermanos. La pequeña Amelia, que en ése entonces tenia dos años tuvo pesadillas todas las noches de su existencia, supongo que aún las tiene. Ella está tras barrotes con un chaleco blanco y ajusto en el manicomio de Stephenson, en Ñuñoa. Mi hermano mayor, Manuel, buscó el congojo en Dios y la iglesia, lamentablemente se transformó en un fanático más, se unió a una comunidad y vivía allí, quedaba en Huachuraba. Así que junté un par de relucientes orbes y me subí en una de estos nuevos transportes verdes, eran lentos, pero no me importaba… necesitaba pensar.
La micro se balanceaba de un lado a otro en la gastada calle. Observaba los cansados rostros de los ocupantes del vehículo, eran personas normales, viviendo una vida normal, con familias normales y un trabajo normal. No se preocupaban de la existencia de otros, no les interesaba que millones morían por un simple billete, putos hipócritas monótonos.
Vi un anciano al fondo, me recordó a mi abuelo. Cuando pequeño, mis hermanos y yo vivíamos con él y la abuela, él era un borracho que maltrataba a su esposa. A veces pienso que por su culpa fui un pútrido ebrio ocho años, hasta que Manuel me metió en rehabilitación. Yo creo que esa época desde los 16 hasta los 24 años fue mi periodo oscuro. Me la pasaba de bar en bar, la bebida era un regocijo un escape para no abalanzarme hacía el cielo y gritar con toda mi garganta que querría morir. Hasta que mi hermano me salvó.
Él me levantó un día, ebrio y todo, y me llevó a un centro de rehabilitación. Al principio fue atroz, pensaba que todos, al mirarme, me criticaban. Pero luego la conocí a ella; era una borracha, al igual que yo; y bebía para olvidar, de la misma manera que yo ¿su diferencia? Ella aún tenía sueños. Ella creía que todo se podría sobrepasar, que los grados de alcohol y las noches sin recuerdos podían terminar. Ella soñaba con poder mantenerse, y al ir al supermercado, que ninguna botella de vidrio caería en su carro. Y lo logró.
Luego de estar un año y tres horribles meses en ese lugar, salí como un civil normal. Fue cosa de tiempo encontrar trabajo, arrendar un hospedaje y comenzar a vivir, comenzar a aspirar a más. Un día me la encontré en el metro, fue corta la conversación, pero quedamos de vernos el sábado. Detengo mis pensamientos y salgo de esa nube de recuerdos un momento, he llegado.
Mientras bajo del enorme armatoste, recuerdo cuando fue la última vez que vi a Manuel. Fue para la misa de navidad. Así es, su héroe también va a misa. Estaba ahí con Rachel, ¡ah! Se me olvidó comentarlo, mi amada posee un nombre ingles. El punto es, sin más vueltas, que Manuel se acercó al terminar la ceremonia y me abrazó, luego dijo a mi oído:
-Lo lograste…
-No –le corté –lo logramos.
Y sonrió.
Estaba yo enfrente de la misma iglesia, ocho meses después, con un par de monedas en mis bolsillos y sin techo bajo el cual caer. Me dirijo hacía la enorme puerta y toco; no hay respuesta. Intento otra vez, esta con mi aliento y mi voz.
-¡Manuel! Soy Enrique, déjame entrar.
Nada, es imposible que se hayan ido, los monjes nunca abandonan su iglesia. Oigo pasos, alguien se acerca y abre la barrera de madera. Una cabeza con un sombrero negro y una cara de pocos amigos se alza:
-¿Qué escándalo haces, niño?
-Necesito ver al padre Manuel Praderas, por favor- le imploro.
-¿El padre Manuel? Él se fue a mediados de este año de este monasterio.
-¿De aquí? Y adónde iría ¿sino a una iglesia?
-Hijo, el padre Manuel se fue a Birmania en misión.
No lo podía creer, ese fue verdaderamente un golpe bajo, diría yo, un puntete en las pelotas. Mientras estaba boquiabierto, el monje cerró la puerta diciendo algo como “vaya con dios” o alguna estupidez por el estilo.
Así que estaba solo, fuera de una iglesia que no me acogía, en medio de una familia muerta y dividida y acompañado por una mujer que no me quería si no traía lukas a la casa. Así que caminé; no tenía ruta a seguir, solamente odio por la desdicha que se me dio y una lluvia que me lavaba la cara. Caminé y caminé, la lluvia dejó de caer y el sol se escondió, seguí caminando hasta que lo vi, tras una vitrina, a través de un televisor… se alzaba mi perdición.
La noticia mostraba a un muchacho que no pasaba los 25, anunciando algo acerca de un incendio, lo que me sorprendió; el lugar. Era nuestro departamento, dónde vivíamos Rachel y yo, pero un texto por debajo me alteró, me distorsionó.
NO SE ENCONTRARON SOBREVIVIENTES.
No podía ser cierto, no era cierto. Capás salió, a comprar, con sus amigas, a un prostíbulo ¡dónde mierda sea! Pero no, me equivoqué, ví esa imagen, era ella; no había duda. Su calcinado rostro siendo introducido en un saco negro, luego, lo cerraron unas manos.
No me controlé, es más, la furia fue la que hizo ese trabajo. Sentí como si mis ojos se cortaran y en su lugar pusieran hierros hirviendo al rojo vivo, como si me sangre se evaporara y de mis dedos emanara rabia. Agarré la piedra más cercana y la lancé con todas mis fuerzas, hice pedazos el cristal y entré a la vitrina. Levanté sobre mis hombros el aparato y con un desesperante grito lo tiré a la calle. Luego salí de ahí.
Cuando ya había caminado unas cuadras noté que tenía un par de cristales incrustados en los hombros, como quien tiene un par de gotas en la espalda, los retiré con ferviente fuerza. La sangre brotaba lentamente, se chorreaba por mi ya malgastada chaqueta, no me interesaba buscar ayuda médica o consuelo de los amigos que no poseía. Sabía bien lo que quería... más aún, lo que necesitaba.
Caminé por la adormecida ciudad hasta encontrarlo, entre vagos botados y gritos. Entré al antro y me dirigí directo a la barra, saqué todo el dinero que poseía y se lo lancé al cantinero.
-¡Un escoses, si es suficiente!-
Lo último que recuerdo es hablar con una muchacha, decirle que yo era mucho para sus sensuales piernas dieciocheras y luego su beso.
Ahora estoy aquí, en una inmunda sale de un motelucho. Con un tajo sin cerrar y un órgano menos.
La verdad, no sé a quién le cuento esta travesía, sí sé bien que allá arriba no hay ningún Dios que se apiade de mí.
Etiquetas: Cuento
Cuento aún sin título
Aquí les dejo un cuento que he escrito para el Cuento Varas de este año. [Para los que no sepan, el concurso en el que el año pasado me gané 90 lukas xP].
Sin más, y esperando alguna recomendación pa'l título...
Las nubes ya se cernían, el aire era algo frío, pero no algo que no podamos enfrentar. Primero me reúno con dos de ellos, tienen caras preocupadas, se nota que nunca han hecho esto, se les nota el estrés en su temple, más entro con uno de ellos al escondido recinto.
Ya dentro nos sentimos algo nerviosos, si esto no resulta, todo se irá al demonio, todo nuestro plan se verá destrozado si este primer paso no es efectuado. Pasamos por el angosto pasillo poblado de diversos elixires populares, corona, kustmann y otras más. Cerca ya del mostrador alzamos nuestra voz al ser que tenemos delante de nosotros. Pedimos cordialmente lo que venimos a buscar, el brebaje que nos quitará las penas, que nos alivianará la realidad. Más fácil de lo que creíamos nos entregan nuestro apreciado objeto, sin antes darle su paga, y salimos de aquel sombrío lugar al mismo tiempo que otros moradores de la noche venían entrando.
Siempre es bueno conocer un lugar dónde se pueda conseguir algo prohibido fácilmente.
Sin más haber salido del estrecho pasadizo nos reunimos los tres en el portal. No podemos creerlo, ha sido tan simple y sabemos que será grandioso el hecho de haberlo conseguido.
Nos sentamos cerca de aquel conocido lugar, saco de mi bolsillo el celular y marco. Tono de espera, vuelvo a probar, no hay caso. Intento otro número… hay respuesta.
-¿Alo?
-Alo, nico wn, pásame con Gary.
-Oka…
……………….
-¿Qué wuea?
-Loco, ya compramos el copete, estamos al lado del Santander…
-Yaaa…
-Te tinca que nos juntemos en la esquina en… ¿20 minutos?
-Dale, vamos con mi viejo.
-Oka, y prende tu celular… chabela.
Siempre que los amigos dicen que se demorarán 20 minutos, es porque recién a los veinte minutos empezarán lo que les pediste.
Sin más, sus tres servidores se sientan en las escaleras de un banco cerrado. Chistes van, chistes vienen. “Cacha wn, ¡mi vieja!”, jah… si nuestros padres descubrieran lo que estamos haciendo, claro… almenos no es mi primera vez.
Esperamos y esperamos, el tiempo comienza a pasar pero no lo sentimos así. Son como las clases de historia, por más que trates de esperar y que el tiempo pase, sabes en el interior que no han transcurrido más de 10 minutos, con suerte.
Algo aburrido, me aventuro al interior del banco. Tal vez esté cerrado, pero hay una sala pequeña en la hay dos cajeros eléctricos, siempre abiertos a cualquier cliente, cualquier hora. Ya en el interior de la susodicha sala empiezo a hacer cosas que me identifican, simple y puro wueveo. Uno de mis amigos me advierte.
-Oye loco, hay cámaras en esas wueas.
-¿Y qué tanto? ¡Que me la masquen los gerentes wn!
Levanto mi dedo corazón hacía dónde debería haber una cámara, es una costumbre mía… pasar por alto la jerarquía de poderes, por lo mismo que creo que un cabro chico podría tener un cargo mucho más importante que un adulto, la inteligencia no se mide con la edad.
-¡Cacha wn!, los pacos.
Sin poder creer lo que dice mi camarada salgo de la sala. Así era, una cuca estaba pasando por las calles, con su sirena iluminando su pasar, su hilarante sonido a arrogancia y su andar de cabrón.
Odio los pacos, siempre lo he hecho. Ellos son los que “resguardan nuestra paz”, pero creo que dicho poder se les subió a la cabeza. Sin otra cosa que hacer les digo a mis compañeros.
-¿Y si los vamos a saludar?
-¿Pa’ qué?
-¿Y por qué no?, ya poh’ será divertido.
-No wueí… wn, ¿esa no es la camioneta de Gary?
Y así era…
Siempre que tengas la oportunidad de hacerte el payaso, aprovéchala. No sabes cuando volverás a reír, sonreír y alegrarte de ese modo. Más aún si estás en la calle, llena de desconocidos a tú alrededor y nadie más que tus amigos a tu lado.
Nos subimos al vehículo mientras este continúa detenido en la nocturna calle. No podía dejar de pensar en ella, todo me recuerda su persona. La luna, escondida entre las lúgubres nubes, a su hermoso rostro, el reflejo de la luz en el apacible lago, su calmada actitud y su plena risa. No me podía contener, quería gritar a los cuatro vientos que la amaba, que de verdad me apestaba el hecho de estar peleado con la persona que más quería. Esos pensamientos llegan a su fin abruptamente… hemos llegado.
Lo de siempre, “chao tía, muchas gracias” bla bla, mucha palabrería. Pero, un comentario me llamó la atención.
-Y no tomen, cabros chicos nomás.
Jaja, justamente ero era lo que íbamos a hacer.
Tocamos la fría puerta, esperamos mientras escuchamos el motor de la camioneta alejándose. Nos abre un ya conocido hermano, Saludos, estrechadas de manos y abrazos, Tiempo que no veía a este wn, ya hacía tiempo que no echábamos una charla con lágrimas en los ojos y alcohol en nuestros cuerpos mientras peleábamos por superioridad.
Trata de verte con tus amigos lo más seguido que puedas. Mientras estés en el colegio no los dejes olvidados, ya que ellos son lo principal para mantenerte vivo y cuerdo. Pero, si estos ya se ha ido de tu lado, trata de frecuentarlos, aunque sea una vez a la semana, un fin de semana al mes o una vez al año.
Presentamos a nuestros nuevos camaradas a nuestro ya viejo hermano de crónicas.
-Chalo wn, te presento a Tino…
-No, si a este wn ya lo cachaba de antes.-se adelanta Gonzalo.
-Sí poh’, ya nos conocíamos.- Agustín responde.
-Filo, entonces este es Twister, y el wn de allá que se parece a Caco se llama Nico. –Digo mientras apunto a nuestro camarada.
-Oh, la dura que se parece a Caco.
-Por algo le decimos Cacodos.
Risas. Atravesamos la casa saludando a la familia. Los típicos “Kiu tía, ¿Cómo va la vida?”, en fin, llegamos al patio.
En medio de algo que podríamos llamar “garaje”, se encuentra el auto. Gonzalo se mete dentro de el y saca el freno a mano mientras exclama.
-Ya wns, ¡empujen!
Mientras Tino, Gary y yo empujamos el auto, Twister y Nico van a buscar la mesa. La colocan en el medio y la abren, una perfecta cancha de ping-pong.
Ya tenemos la mesa, el copete y los amigos, ¿qué nos falta?, ¡la música pues! Cuando Chalo con Gary van a buscar vasos, yo voy en pos del aparato. Lo encuentro dónde me dijeron, encima de la cama de Gonzalo, tomo un par de CDs que traje de mi casa y los llevo hacía al garaje junto con la radio.
Al llegar veo como Tino se está sirviendo manquehuito en un vaso justo arriba de la mesa que Gary y Nico usan para jugar ping-pong, Twister toma desde la misma botella de ron mientras Gonzalo le dice que todos queremos tomar así que se digne a usar un vaso. Apenas llego todos dirigen su mirada hacía mí.
-¿Qué me miran tanto? ¿Acaso les gusto wns?
-¡No me gustan los gays!- se escucha desde el fondo.
Jah, con personas así da gusto convivir. Instalo la radio en un enchufe de una pared y pongo un CD. La música comienza a llevarnos en el mar de la discordia. Primero se oía el impulso de una guitarra, Nico la emula con sus dedos en el aire, jaja, pensar que recién comienza a entender si quiera como tocar una, aún así le pone empeño.
La canción la conocíamos bien, era sobre un prisionero, un prisionero que se sentía un hombre libre. Mientras me sirvo un vaso con pisco entono el coro.
-Not a prisioner, I’m a free man…
-… and my blood is my own now- alguien continua con mi estrofa.
Van pasando las horas, y con ellos las botellas se van acabando. Aún jugamos ping-pong, conversamos de lo injusto qué es la vida, en especial yo. Debo admitirlo, el alcohol te suelta la lengua.
-Wns, ¡estoy chato! Siempre me cagan las minas.
-Es porque erís mucho corazón y poco cerebro, piensa que te has enganchado caleta con ellas.- me responde Chalo, de verdad que este wn me conocía, por algo era mi hermano.
-Eso es porque yo digo lo que siento.
¿Ó no?, y si ¿de verdad yo era muy sentimental?, ¡que me importaba!, no iba a cambiar porque las mujeres me dejarán… ya habrá alguna que me acepte tal como soy. De repente, una canción nace entre nuestro albedrío, una canción que muchos conocíamos, y si no, tendrían que aprenderla. Gary alza su voz.
-¡Cacha wn! ¡Es el himno nacional del Tío Jano!
Tino pregunta casi sin preocuparse.
-¿Y ese wn quién es?
-¿Quién es?-respondo yo – ¡es el papá del metal chileno poh’ wn!
Himno nacional, qué buena canción. Es un cover del propio himno chileno, pero hecho por Alejandro Silva, por ende, mucha parafernalia con la guitarra. Comienza la sonata, todos entonamos nuestras voces de pie, algunos con la mano en el pecho, otros… en la botella.
Acabamos y no lo podemos creer, estamos muertos de risa. Cantar el himno nacional mientras tomamos, que buena forma de concluir la noche.
Ya no me importa que ella vuelva, no me interesa desahogar las penas en alcohol o drogas, ¿para qué? ¿Para qué, si tengo compañeros, como estos con los que puedo contar?
Mientras me pongo en la mesa para otra vuelta de ping-pong mexicana, agarro la botella de pisco, o más bien el concho de lo que queda y escucho la melodía. Era una canción de Gamma Ray, un tema sobre algo de que el cielo podía esperar… para otra noche más.
Los amigos son lo mejor de este mundo. Siempre puedas contar con ellos para todo, desde juntarse a tomar, hasta cantar el himno nacional acompañado de una buena guitarra y unos grados de alcohol en el cuerpo.
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Y les presento el "MetalHimno".
C'Ya
Etiquetas: Cuento
Cuento: Navegando hacia el final
Bueno, acá les dejo un cuento que escribe recientemente, no pido a todos los que lo vean que me posteen o se den el tiempo de leerlo, pero bueno... si realmente me aprecian, o nisiquiera a mí, si no a esto que puedo llamar arte, sé que lo haran.
-¡Vamos, un poco más!- gritaba Rebecca con un animo sobrenatural.-falta poco, vamos a lograrlo. En el fondo lo sabía, no llegaríamos a ninguna parte, puesto habíamos muerto en el momento en que nuestras escuálidas pieles tocaron la fría agua. -Ya no puedo más, tendré que quedarme aquí…- le digo entre un braceo y otro atravesando las frías aguas. -No te rindas, vamos, la meta está cerca.- dijo Rebecca- es más, la diviso desde aquí… ¡ahí está! “al fin, justo cuando empezará a subir la marea” pienso, sintiendo todo el desgaste de mi cuerpo. Podemos aferrarnos a la boya de plástico apenas duras, es más, se hundía con el peso de los dos. -No nos sopor... ta- digo, tragando agua. -Tendrá que hacerlo, prefiero morir contigo al mismo tiempo que en un par de horas. Yo lo sabía, Rebecca se estaba congelando, posiblemente tendría neumonía, ¡y quien no la tendría nadando en estos mares! -Tendre… mos que aletear para mantener la bo… ya a flote. No puedo creer como sobrevivimos esas horas, era de noche, madrugada podríamos decir, nuestros cuerpo habían nadado varios kilómetros en temperaturas sobrehumanas y aún así nos manteníamos aleteando en aquella boya, ¿Cómo?, el amor… las promesas de un amor futuro nos mantenían tan aferrados a la vida que aunque nuestros cuerpos padecieran nuestra pasión se mantendría en dicho mar. Empezó a subir la marea, Rebecca no lo sintió, pero yo si, en un par de minutos nos taparía por completo. ¡Los maldigo!, maldigo a esos inhumanos que nos tiraron por la borda, ¡racistas de mierda!, ojala se pudran en un infierno forjado por su propia amb… espera, ¿es eso una sirena?, un bote, un bote de pesca, significa que estamos cerca de la costa, esta neblina nos jodio, pero aún así podemos llegar al bote, almenos uno de nosotros. -Scott… ¡escucha Scott!, una sirena, es un bote pesquero, ¡estamos salvados! -No, aunque alcanzaras llegar hasta all… allá se te habr…ía acabado el oxigeno. -Enton… ces, ¿que hacemos? -¿Hac…emos?, nada… tú lo hac…es. La marea nos tapo, los dos estábamos muertos, uno podía vivir. Nos sumergíamos más y más, ya no le quedaba esperanza a la pobre, no me quedaba otra salida, una vida por otra, intercambio equivalente. La agarre por los hombros y puse mis labios sobre los suyos, un último beso, una última esperanza, y mi último respiro. Ella me echo una mirada final, y luego nado a la superficie mientras yo me sumergía más y más. No sé que paso después, no sé si ella sobrevivió o la mataron en el pesquero, la verdad, me da lo mismo, ya que yo no era más que un muerto.
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