Al fin llega el timbre de las siete, el término de una jornada escolar. Todos recogemos nuestras cosas y nos vamos, acabó esta monotonía diaria. Siyu me ataja en la salida del salón B-7 del Liceo para Hombres de Nagasaki.
-¡Hey, Ryuzaky! ¿Qué te parece si vamos al Parque Central? Podemos llegar a tiempo para usar la cancha, igual que el jueves pasado –pero ya sabía de antemano que esa oferta me era inmune-.
-Disculpa Siyu, para otra será.
Dejo a Siyu con cierta incertidumbre mientras me adelanto al pelotón de alumnos que van intentar dejar la sala. Me inserto en las vivas calles de un primaveral Nagasaki, el problema de la guerra sigue latente en las mentes de muchos nacionalistas y ciudadanos, aún así se respira un aire nuevo… como de cambio, quizás extremo para una ciudad conservadora. Sin preocuparme mucho de todos estos asuntos políticos y militares, me dirijo hacia el Instituto de la Santa Piedad.
El Instituto en si, es un edificio tosco, en medio de nuevas construcciones. Data del siglo pasado, por ende, es como una monja en medio de científicos, fuera de lugar y horrible estéticamente. Pero, en él yace mi amada.
Oh, Amane, la joven de los cabellos dorados, la de la dulce voz que asemeja a un susurro de cedro en el medio del temple voraz de la tormenta de tundra. La conocí hace un par de meses, creo que unos siete. Desde la semana pasada que estamos saliendo en estas especie de citas casuales. Estoy demasiado feliz con ella, me hace volver a sentirme vivo. La requiero, constantemente delirio al no tenerla y tocarla, sentirla. Afortunadamente… terminó esa espera, por lo menos, momentáneamente.
Llego al recinto, parece que salieron hace poco de clases, me anoto mentalmente preguntarle a Amane a qué hora termina sus lecciones diariamente. Veo un par de chicas cuchichear cerca de mí, aún así me mantengo al margen, apoyado en un poste. De repente, la diviso entre la estampida de estudiantes.
Venía con su uniforme (como era obvio), una teñida no menos excitante, su pelo, largo y rubio reposaba sobre su fina espalda, y su figura era resaltada con una bellísima sonrisa.
-¡Ryuzaky, qué tierno haberme esperado!
-Los caballeros suelen hacer cosas así, supuse que tendría que imitar a alguno.
-Jaja, siempre tan gracioso. ¿Qué te parece si vamos al monte Hagi? –Me pregunta ella- A esta hora ya no alcanzamos a hacer nada más que ver el atardecer, además con todo esto del toque de queda –el bendito santo y seña de esta nueva época, la fastidiosa alarma para volver a los seguros hogares-.
-De acuerdo, pero para la siguiente mi voto es para un café –agrego.
Caminamos juntos un par de cuadras. Hagi es un famoso monte en toda la región, ya que cuenta una leyenda antigua que ahí se creó la primera espada, desde los mismísimos dioses de la montaña, patrañas de antaño. Al principio, íbamos caminando juntos, sin ningún contacto más que nuestras palabras que rozaban el aire que nos comprendía. Pero, de improviso, una carreta pasó a toda velocidad por la esquina, casi agarra a Amane en su desaforada carrera pero, por suerte, logré retenerla sosteniéndola por la mano y asiéndola hacía mí. Pasamos un gran susto, desde ese momento no le solté la mano ni ella a mí hasta que llegó la despedida.
Al arribar al monte nos dimos cuenta de algo, que la belleza y sencillez (sintetizadas) no tenían límites. La inmensidad de un simple pedazo de tierra, roca y minerales, surcado por los años y el desgaste, todo aquello contrastado por un sicodélico atardecer rasante nos dejaba atónitos. No necesitábamos palabras para expresar lo que estábamos viviendo, era como si ese único momento nos valiera por el resto de nuestra existencia, como si hubieran estallado doscientos soles y nunca su irradiante fuerza pudieran dañarnos, éramos invencibles… éramos dueños de nuestros propios pensamientos y sentimientos.
Llegó la hora de irnos, lo noto ya que la gente comienza a desaparecer de las calles. Me apeno, antiguamente a esta hora uno podía seguir viendo a niños jugar por las plazas, equipos practicar para las temporadas venideras de sus deportes preferidos, guerra de mierda y tu puta injusticia incondicional e indiscriminada.
Me levanto y la ayudo a incorporarse. Pareció un transe todo el tiempo que estuvimos sentados contemplando aquel gigante de granito. Comenzamos a caminar, y junto con nuestros pasos, una refrescante brisa. Más que refrescante, helada, demasiado para primavera. Mal presagio. Adelantándome a la situación, me saco mi chaqueta y se la sedo a mi acompañante de plata. Al dejarla en su casa… ella no sabía que dentro de la chaqueta había una carta. Antes de que la despidiera en su puerta me dijo que mañana se iba muy temprano a Nigata, por lo que no la iba a ver en una semana, le dije que se quedará la chaqueta hasta ese entonces.
Después de aquel episodio camino hacia mi casa, que queda al otro extremo de la ciudad, hay toque de queda, pero me siento con suerte. Comienzo a recapacitar acerca de mi situación y me doy cuenta que realmente estoy viviendo bien, mientras la tenga a ella, mi protegida y ángel guardián simultáneamente, estaré bien. Lo sé.
Al día siguiente una luz mortecina me acuchillo por la ventana. Era sábado, 11:43 de la mañana, así que no tenía clases, pero mi madre me pidió que fuera a buscar a mí hermano pequeño, Kogy, a su particular de arte. Sin más, me ducho y parto hacía la academia.
Era una despejada mañana, radiante de vida, lista para que uno descubriera todas las oportunidades que entregaba. Cuando estaba a un par de pasos de la academia, contemplo una extraña figura en los cielos, una especie de punto. Luego, los aires se tiñeron de blanco, un blanco como de vacío y muerte, las sombras nunca volvieron a proyectarse, y un estridente sonido destrozó nuestras pieles dejándonos inanimados por siempre en la eternidad de nuestros escombros.
Ahora, me pregunto si habrá leído mi carta después de aquella noche, o, si siquiera la vio antes de aquella explosión.
El 9 de Agosto de 1945 se lanzó sobre Nagasaki la segunda bomba atómica. El bombardero estadounidense “Bockstar”, en busca de astilleros, divisó la fábrica de armas Mitsubishi. Sobre ella, dejó caer la artillería aérea “FatMan”, la cual dejó una cifra de 140.000 personas muertas, entre civiles y militares.
No sé, cómo que últimamente he estado pensando harto en este tema.
"Yo soy un pokemón" "Yo, un emo"... no entiendo como las personas pueden dar una clasificación a su forma de ser. Lo encuentro... tonto, más que tonto, de la época de las cavernas.
Creo que la juventud está indecisa, y por ende tiende a buscar un patrón común entre sus semejantes. Osea, "si él es un poke, me llevo bien con él"... PORFAVOR!! Despierten, por la mierda. Las personas están creando una barrera que divide pensamientos y existencias por el solo hecho de una imagen de superioridad.
Muchas veces este tema me ha dado para hablar. Detesto fervientemente estas divisiones sociales qué se hacen en el chile de hoy. Siento que se está forjando una cultura de intolerancia y no entiendo como la gente no se da cuenta.
Lo penoso de todo esto, es que el pueblo lo acepta. SI HASTA EL MINISTRO DE EDUCACIÓN 'TA VIENDO UNA LEY PA' DEJAR ENTRAR A LOS POKES CON SU PELO AL COLEGIO!!!! ... osea que no se les reprimera el "ponceo" ... o, ahora último "sobajeo".
Jaja, que chistoso debe ser ver a dos pokes corriéndose mano en el metro.
De todas maneras, creo que es tonto empezar a "auto-clasificarse".... procedo a explicar.
Hace un par de meses... me creía "metalero" más allá, lo divulgaba a diestra y siniestra como si fuera mi segundo nombre... "Hola, soy Matías y soy metalero" Últimamente he estado pensando que es una estupidez andar diciendo cosas por el estilo... porque en primera, los metaleros murieron hace ya tiempo [dígase de paso, con los punks] y en segunda, porque el único hecho de tildarte de algo ya desmedra tu identidad. Osea que ya no eres un individuo, si no que pasas a formar parte de un grupo, quiéralo o no, con esa frase.
Pienso que lo mejor que tiene la humanidad como raza es su individualidad, el hecho de las creencias y pensamientos distintos es la prueba irrefutable de que somos personas.. y, cuando uno se encasilla, no, mejor dicho... se clasifica pierde dichas virtudes.
Por lo mismo prefiero decir simplement. "Hola soy Matías y me fascina el metal".
P.D: Espero poder escribir una canción sobre esto.
Y por último me encontraba botado en la sucia tina del cuarto, empapado con mi propia sangre, con un dolor fulminante acuchillándome la espalda y con un órgano menos.
Todo comenzó hace tres días, mi novia me había echado del departamento en el que vivíamos el mismo día en que mi jefe en la fábrica descubrió que era un vago sin futuro. Así que ahí estaba yo, un joven de unos 28 años, sin comida ni techo y las únicas monedas que yacían en mis arcas no superaban los ocho mil pesos. En una situación así uno piensa en la familia, ya sabes, ese grupo de personas que te ampara y te alimenta hasta que tienes edad suficiente para trabajar, entonces te tiran a la calle como un par de zapatos que ya pasaron su vida útil.
Mi familia no era muy convencional, la verdad, era caótica y errática. Mis padres murieron en un accidente de auto cuando yo tenía seis años, lo que dejó repercusiones en mis hermanos. La pequeña Amelia, que en ése entonces tenia dos años tuvo pesadillas todas las noches de su existencia, supongo que aún las tiene. Ella está tras barrotes con un chaleco blanco y ajusto en el manicomio de Stephenson, en Ñuñoa. Mi hermano mayor, Manuel, buscó el congojo en Dios y la iglesia, lamentablemente se transformó en un fanático más, se unió a una comunidad y vivía allí, quedaba en Huachuraba. Así que junté un par de relucientes orbes y me subí en una de estos nuevos transportes verdes, eran lentos, pero no me importaba… necesitaba pensar.
La micro se balanceaba de un lado a otro en la gastada calle. Observaba los cansados rostros de los ocupantes del vehículo, eran personas normales, viviendo una vida normal, con familias normales y un trabajo normal. No se preocupaban de la existencia de otros, no les interesaba que millones morían por un simple billete, putos hipócritas monótonos.
Vi un anciano al fondo, me recordó a mi abuelo. Cuando pequeño, mis hermanos y yo vivíamos con él y la abuela, él era un borracho que maltrataba a su esposa. A veces pienso que por su culpa fui un pútrido ebrio ocho años, hasta que Manuel me metió en rehabilitación. Yo creo que esa época desde los 16 hasta los 24 años fue mi periodo oscuro. Me la pasaba de bar en bar, la bebida era un regocijo un escape para no abalanzarme hacía el cielo y gritar con toda mi garganta que querría morir. Hasta que mi hermano me salvó.
Él me levantó un día, ebrio y todo, y me llevó a un centro de rehabilitación. Al principio fue atroz, pensaba que todos, al mirarme, me criticaban. Pero luego la conocí a ella; era una borracha, al igual que yo; y bebía para olvidar, de la misma manera que yo ¿su diferencia? Ella aún tenía sueños. Ella creía que todo se podría sobrepasar, que los grados de alcohol y las noches sin recuerdos podían terminar. Ella soñaba con poder mantenerse, y al ir al supermercado, que ninguna botella de vidrio caería en su carro. Y lo logró.
Luego de estar un año y tres horribles meses en ese lugar, salí como un civil normal. Fue cosa de tiempo encontrar trabajo, arrendar un hospedaje y comenzar a vivir, comenzar a aspirar a más. Un día me la encontré en el metro, fue corta la conversación, pero quedamos de vernos el sábado. Detengo mis pensamientos y salgo de esa nube de recuerdos un momento, he llegado.
Mientras bajo del enorme armatoste, recuerdo cuando fue la última vez que vi a Manuel. Fue para la misa de navidad. Así es, su héroe también va a misa. Estaba ahí con Rachel, ¡ah! Se me olvidó comentarlo, mi amada posee un nombre ingles. El punto es, sin más vueltas, que Manuel se acercó al terminar la ceremonia y me abrazó, luego dijo a mi oído:
-Lo lograste…
-No –le corté –lo logramos.
Y sonrió.
Estaba yo enfrente de la misma iglesia, ocho meses después, con un par de monedas en mis bolsillos y sin techo bajo el cual caer. Me dirijo hacía la enorme puerta y toco;no hay respuesta. Intento otra vez, esta con mi aliento y mi voz.
-¡Manuel! Soy Enrique, déjame entrar.
Nada, es imposible que se hayan ido, los monjes nunca abandonan su iglesia. Oigo pasos, alguien se acerca y abre la barrera de madera. Una cabeza con un sombrero negro y una cara de pocos amigos se alza:
-¿Qué escándalo haces, niño?
-Necesito ver al padre Manuel Praderas, por favor- le imploro.
-¿El padre Manuel? Él se fue a mediados de este año de este monasterio.
-¿De aquí? Y adónde iría ¿sino a una iglesia?
-Hijo, el padre Manuel se fue a Birmania en misión.
No lo podía creer, ese fue verdaderamente un golpe bajo, diría yo, un puntete en las pelotas. Mientras estaba boquiabierto, el monje cerró la puerta diciendo algo como “vaya con dios” o alguna estupidez por el estilo.
Así que estaba solo, fuera de una iglesia que no me acogía, en medio de una familia muerta y dividida y acompañado por una mujer que no me quería si no traía lukas a la casa. Así que caminé; no tenía ruta a seguir, solamente odio por la desdicha que se me dio y una lluvia que me lavaba la cara. Caminé y caminé, la lluvia dejó de caer y el sol se escondió, seguí caminando hasta que lo vi, tras una vitrina, a través de un televisor… se alzaba mi perdición.
La noticia mostraba a un muchacho que no pasaba los 25, anunciando algo acerca de un incendio, lo que me sorprendió; el lugar. Era nuestro departamento, dónde vivíamos Rachel y yo, pero un texto por debajo me alteró, me distorsionó.
NO SE ENCONTRARON SOBREVIVIENTES.
No podía ser cierto, no era cierto. Capás salió, a comprar, con sus amigas, a un prostíbulo ¡dónde mierda sea! Pero no, me equivoqué, ví esa imagen, era ella; no había duda. Su calcinado rostro siendo introducido en un saco negro, luego, lo cerraron unas manos.
No me controlé, es más, la furia fue la que hizo ese trabajo. Sentí como si mis ojos se cortaran y en su lugar pusieran hierros hirviendo al rojo vivo, como si me sangre se evaporara y de mis dedos emanara rabia. Agarré la piedra más cercana y la lancé con todas mis fuerzas, hice pedazos el cristal y entré a la vitrina. Levanté sobre mis hombros el aparato y con un desesperante grito lo tiré a la calle. Luego salí de ahí.
Cuando ya había caminado unas cuadras noté que tenía un par de cristales incrustados en los hombros, como quien tiene un par de gotas en la espalda, los retiré con ferviente fuerza. La sangre brotaba lentamente, se chorreaba por mi ya malgastada chaqueta, no me interesaba buscar ayuda médica o consuelo de los amigos que no poseía. Sabía bien lo que quería... más aún, lo que necesitaba.
Caminé por la adormecida ciudad hasta encontrarlo, entre vagos botados y gritos. Entré al antro y me dirigí directo a la barra, saqué todo el dinero que poseía y se lo lancé al cantinero.
-¡Un escoses, si es suficiente!-
Lo último que recuerdo es hablar con una muchacha, decirle que yo era mucho para sus sensuales piernas dieciocheras y luego su beso.
Ahora estoy aquí, en una inmunda sale de un motelucho. Con un tajo sin cerrar y un órgano menos.
La verdad, no sé a quién le cuento esta travesía, sí sé bien que allá arriba no hay ningún Dios que se apiade de mí.
Aquí les dejo un cuento que he escrito para el Cuento Varas de este año. [Para los que no sepan, el concurso en el que el año pasado me gané 90 lukas xP].
Sin más, y esperando alguna recomendación pa'l título...
Las nubes ya se cernían, el aire era algo frío, pero no algo que no podamos enfrentar. Primero me reúno con dos de ellos, tienen caras preocupadas, se nota que nunca han hecho esto, se les nota el estrés en su temple, más entro con uno de ellos al escondido recinto.
Ya dentro nos sentimos algo nerviosos, si esto no resulta, todo se irá al demonio, todo nuestro plan se verá destrozado si este primer paso no es efectuado. Pasamos por el angosto pasillo poblado de diversos elixires populares, corona, kustmann y otras más. Cerca ya del mostrador alzamos nuestra voz al ser que tenemos delante de nosotros. Pedimos cordialmente lo que venimos a buscar, el brebaje que nos quitará las penas, que nos alivianará la realidad. Más fácil de lo que creíamos nos entregan nuestro apreciado objeto, sin antes darle su paga, y salimos de aquel sombrío lugar al mismo tiempo que otros moradores de la noche venían entrando.
Siempre es bueno conocer un lugar dónde se pueda conseguir algo prohibido fácilmente.
Sin más haber salido del estrecho pasadizo nos reunimos los tres en el portal. No podemos creerlo, ha sido tan simple y sabemos que será grandioso el hecho de haberlo conseguido.
Nos sentamos cerca de aquel conocido lugar, saco de mi bolsillo el celular y marco. Tono de espera, vuelvo a probar, no hay caso. Intento otro número… hay respuesta.
-¿Alo?
-Alo, nico wn, pásame con Gary.
-Oka…
……………….
-¿Qué wuea?
-Loco, ya compramos el copete, estamos allado del Santander…
-Yaaa…
-Te tinca que nos juntemos en la esquina en… ¿20 minutos?
-Dale, vamos con mi viejo.
-Oka, y prende tu celular… chabela.
Siempre que los amigos dicen que se demorarán 20 minutos, es porque recién a los veinte minutos empezarán lo que les pediste.
Sin más, sus tres servidores se sientan en las escaleras de un banco cerrado. Chistes van, chistes vienen. “Cacha wn, ¡mi vieja!”, jah… si nuestros padres descubrieran lo que estamos haciendo, claro… almenos no es mi primera vez.
Esperamos y esperamos, el tiempo comienza a pasar pero no lo sentimos así. Son como las clases de historia, por más que trates de esperar y que el tiempo pase, sabes en el interior que no han transcurrido más de 10 minutos, con suerte.
Algo aburrido, me aventuro al interior del banco. Tal vez esté cerrado, pero hay una sala pequeña en la hay dos cajeros eléctricos, siempre abiertos a cualquier cliente, cualquier hora. Ya en el interior de la susodicha sala empiezo a hacer cosas que me identifican, simple y puro wueveo. Uno de mis amigos me advierte.
-Oye loco, hay cámaras en esas wueas.
-¿Y qué tanto? ¡Que me la masquen los gerentes wn!
Levanto mi dedo corazón hacía dónde debería haber una cámara, es una costumbre mía… pasar por alto la jerarquía de poderes, por lo mismo que creo que un cabro chico podría tener un cargo mucho más importante que un adulto, la inteligencia no se mide con la edad.
-¡Cacha wn!, los pacos.
Sin poder creer lo que dice mi camarada salgo de la sala. Así era, una cuca estaba pasando por las calles, con su sirena iluminando su pasar, su hilarante sonido a arrogancia y su andar de cabrón.
Odio los pacos, siempre lo he hecho. Ellos son los que “resguardan nuestra paz”, pero creo que dicho poder se les subió a la cabeza. Sin otra cosa que hacer les digo a mis compañeros.
-¿Y si los vamos a saludar?
-¿Pa’ qué?
-¿Y por qué no?, ya poh’ será divertido.
-No wueí… wn, ¿esa no es la camioneta de Gary?
Y así era…
Siempre que tengas la oportunidad de hacerte el payaso, aprovéchala. No sabes cuando volverás a reír, sonreír y alegrarte de ese modo. Más aún si estás en la calle, llena de desconocidos a tú alrededor y nadie más que tus amigos a tu lado.
Nos subimos al vehículo mientras este continúa detenido en la nocturna calle. No podía dejar de pensar en ella, todo me recuerda su persona. La luna, escondida entre las lúgubres nubes, a su hermoso rostro, el reflejo de la luz en el apacible lago, su calmada actitud y su plena risa. No me podía contener, quería gritar a los cuatro vientos que la amaba, que de verdad me apestaba el hecho de estar peleado con la persona que más quería. Esos pensamientos llegan a su fin abruptamente… hemos llegado.
Lo de siempre, “chao tía, muchas gracias” bla bla, mucha palabrería. Pero, un comentario me llamó la atención.
-Y no tomen, cabros chicos nomás.
Jaja, justamente ero era lo que íbamos a hacer.
Tocamos la fría puerta, esperamos mientras escuchamos el motor de la camioneta alejándose. Nos abre un ya conocido hermano, Saludos, estrechadas de manos y abrazos, Tiempo que no veía a este wn, ya hacía tiempo que no echábamos una charla con lágrimas en los ojos y alcohol en nuestros cuerpos mientras peleábamos por superioridad.
Trata de verte con tus amigos lo más seguido que puedas. Mientras estés en el colegio no los dejes olvidados, ya que ellos son lo principal para mantenerte vivo y cuerdo. Pero, si estos ya se ha ido de tu lado, trata de frecuentarlos, aunque sea una vez a la semana, un fin de semana al mes o una vez al año.
Presentamos a nuestros nuevos camaradas a nuestro ya viejo hermano de crónicas.
-Chalo wn, te presento a Tino…
-No, si a este wn ya lo cachaba de antes.-se adelanta Gonzalo.
-Sí poh’, ya nos conocíamos.- Agustín responde.
-Filo, entonces este es Twister, y el wn de allá que se parece a Caco se llama Nico. –Digo mientras apunto a nuestro camarada.
-Oh, la dura que se parece a Caco.
-Por algo le decimos Cacodos.
Risas. Atravesamos la casa saludando a la familia. Los típicos “Kiu tía, ¿Cómo va la vida?”, en fin, llegamos al patio.
En medio de algo que podríamos llamar “garaje”, se encuentra el auto. Gonzalo se mete dentro de el y saca el freno a mano mientras exclama.
-Ya wns, ¡empujen!
Mientras Tino, Gary y yo empujamos el auto, Twister y Nico van a buscar la mesa. La colocan en el medio y la abren, una perfecta cancha de ping-pong.
Ya tenemos la mesa, el copete y los amigos, ¿qué nos falta?, ¡la música pues! Cuando Chalo con Gary van a buscar vasos, yo voy en pos del aparato. Lo encuentro dónde me dijeron, encima de la cama de Gonzalo, tomo un par de CDs que traje de mi casa y los llevo hacía al garaje junto con la radio.
Al llegar veo como Tino se está sirviendo manquehuito en un vaso justo arriba de la mesa que Gary y Nico usan para jugar ping-pong, Twister toma desde la misma botella de ron mientras Gonzalo le dice que todos queremos tomar así que se digne a usar un vaso. Apenas llego todos dirigen su mirada hacía mí.
-¿Qué me miran tanto? ¿Acaso les gusto wns?
-¡No me gustan los gays!- se escucha desde el fondo.
Jah, con personas así da gusto convivir. Instalo la radio en un enchufe de una pared y pongo un CD. La música comienza a llevarnos en el mar de la discordia. Primero se oía el impulso de una guitarra, Nico la emula con sus dedos en el aire, jaja, pensar que recién comienza a entender si quiera como tocar una, aún así le pone empeño.
La canción la conocíamos bien, era sobre un prisionero, un prisionero que se sentía un hombre libre. Mientras me sirvo un vaso con pisco entono el coro.
-Not a prisioner, I’m a free man…
-… and my blood is my own now- alguien continua con mi estrofa.
Van pasando las horas, y con ellos las botellas se van acabando. Aún jugamos ping-pong, conversamos de lo injusto qué es la vida, en especial yo. Debo admitirlo, el alcohol te suelta la lengua.
-Wns, ¡estoy chato! Siempre me cagan las minas.
-Es porque erís mucho corazón y poco cerebro, piensa que te has enganchado caleta con ellas.- me responde Chalo, de verdad que este wn me conocía, por algo era mi hermano.
-Eso es porque yo digo lo que siento.
¿Ó no?, y si ¿de verdad yo era muy sentimental?, ¡que me importaba!, no iba a cambiar porque las mujeres me dejarán… ya habrá alguna que me acepte tal como soy. De repente, una canción nace entre nuestro albedrío, una canción que muchos conocíamos, y si no, tendrían que aprenderla. Gary alza su voz.
-¡Cacha wn! ¡Es el himno nacional del Tío Jano!
Tino pregunta casi sin preocuparse.
-¿Y ese wn quién es?
-¿Quién es?-respondo yo – ¡es el papá del metal chileno poh’ wn!
Himno nacional, qué buena canción. Es un cover del propio himno chileno, pero hecho por Alejandro Silva, por ende, mucha parafernalia con la guitarra. Comienza la sonata, todos entonamos nuestras voces de pie, algunos con la mano en el pecho, otros… en la botella.
Acabamos y no lo podemos creer, estamos muertos de risa. Cantar el himno nacional mientras tomamos, que buena forma de concluir la noche.
Ya no me importa que ella vuelva, no me interesa desahogar las penas en alcohol o drogas, ¿para qué? ¿Para qué, si tengo compañeros, como estos con los que puedo contar?
Mientras me pongo en la mesa para otra vuelta de ping-pong mexicana, agarro la botella de pisco, o más bien el concho de lo que queda y escucho la melodía. Era una canción de Gamma Ray, un tema sobre algo de que el cielo podía esperar… para otra noche más.
Los amigos son lo mejor de este mundo. Siempre puedas contar con ellos para todo, desde juntarse a tomar, hasta cantar el himno nacional acompañado de una buena guitarra y unos grados de alcohol en el cuerpo.
Soy una persona un tanto (bastante) espontanea. Creo que esa palabra me define bien.
No tengo miedo de decir lo que pienso o hacer lo que quiero, la vergüenza es para los inseguros.
Pandemia
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Benedetti - Ustedes y Nosotros
Ustedes cuando aman consultan el reloj porque el tiempo que pierden vale medio millón, nosotros cuando amamos sin prisa y con fervor gozamos y nos sale barata la función. Ustedes cuando aman al analista van él es quien dictamina si lo hacen bien o mal, nosotros cuando amamos sin tanta cortedad el subconsciente piola se pone a disfrutar.
Ustedes cuando aman exigen bienestar una cama de cedro y un colchón especial, nosotros cuando amamos es fácil de arreglar con sábanas qué bueno sin sábanas da igual.
Parra - Cambios de Nombre
A los amantes de las bellas letras Hago llegar mis mejores deseos Voy a cambiar de nombre a algunas cosas. Mi posición es ésta : El poeta no cumple su palabra Si no cambia los nombres de las cosas. ¿ Con qué razón el sol Ha de seguir llamándose sol ? ¡ Pido que se llame Micifuz El de las botas de cuarenta leguas !
¿ Mis zapatos parecen ataúdes ? Sepan que desde hoy en adelante Los zapatos se llaman ataúdes. Comuníquese, anótese y publíquese Que los zapatos han cambiado de nombre : Desde ahora se llaman ataúdes. Bueno, la noche es larga Todo poeta que se estime a sí mismo Debe tener su propio diccionario Y antes que se me olvide Al propio dios hay que cambiarle nombre Que cada cual lo llame como quiera : Es es un problema personal.
Kavafis - Cuanto Puedas
Y si no puedes hacer tu vida como la quieres, en esto esfuérzate al menos cuanto puedas: no la envilezcas en el contacto excesivo con la gente, en demasiados trajines y conversaciones. No la envilezcas llevándola, trayéndola a menudo y exponiéndola a la torpeza cotidiana de las compañías y las relaciones, hasta que llegue a ser pesada como una extraña.